Cuentos japoneses (II)

Las sandalias mágicas de madera

 

sandalias japonesas

Hace mucho tiempo, vivía en una pequeña aldea de Japón una mujer con su hijo. Ella estaba muy enferma y para curarse necesitaba unos medicamentos que no podía pagar.

Su hijo, dispuesto a ayudar, le pidió el dinero al hombre más rico del pueblo y prometió devolvérselo en unas semanas pero, por más que trabajaba, le era imposible saldar su deuda.  El joven fue a pedirle más tiempo al ricachón, y este se enfadó y le dijo: “¡No vuelvas por aquí hasta que tengas todo el dinero!”

El chico, sin saber qué hacer, fue a dar un paseo por el bosque cuando de repente se encontró con un misterioso anciano en mitad del camino, que le dijo: “¿te importa que camine contigo?… “quiero contarte algo”.

Al cabo de un tiempo, cuando se disponía a despedirse, el anciano le dijo al joven:
“Estás pasando por una situación difícil, ¿verdad?. Toma estas sandalias de madera, cálzatelas y tropieza con ellas, ya verás lo que sucede.”
El chico, extrañado, se calzó las sandalias y tropezó con ellas y, ante su sorpresa, al instante comenzó a brotar de la nada un montón de dinero. ”Puedes repetir esto varias veces, pero si tropiezas demasiado, empezarás a encoger. Ten mucho cuidado”, le dijo el viejo.

El joven volvió a casa, se calzó las sandalias y tropezó, y de nuevo empezó a brotar dinero. Tras repetirlo algunas veces, reunió suficiente dinero como para poder curar a su madre y devolver el préstamo. Entonces, recordó las palabras del anciano y dejó de utilizar las sandalias.

Cuando fue a devolver su préstamo, el rico señor quiso saber cómo había conseguido tanto dinero, y el joven le contó la historia de las sandalias mágicas. El señor insistió en que se las prestara, y el joven accedió.

El millonario se calzó las sandalias y se dirigió a la habitación contigua, desde donde empezó a oirse el incesante ruido de las caídas, acompañado del sonido de las monedas. Pero al cabo de un tiempo, ya sólo se oía este último sonido.

El joven, extrañado, se asomó para ver qué sucedía. Allí, sentado, en lo alto de una enorme montaña de dinero, estaba el rico señor convertido en un ser diminuto, como castigo a su avaricia.

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