Cuentos japoneses (I)

 

El Ogro Rojo

Ogro rojo

Había una vez un ogro feroz con el cuerpo completamente rojo y con cuernos en la cabeza que vivía a los pies de una tranquila montaña en Japón.
A pesar de su aspecto malévolo, era un ser bondadoso y solo deseaba vivir en armonía junto con los habitantes del pueblo cercano. Siempre que le veían sus vecinos, atemorizados huían de él, y por eso el ogro rojo estaba muy triste.
Un buen día, decidió poner un cartel en la puerta de su casa:

“NO SOY PELIGROSO, NO TENGÁIS MIEDO”

Pero al asomarse para colgarlo, los aldeanos huyeron corriendo. El ogro rojo se puso a llorar y rompió el cartel que había escrito. Entonces, apareció un ogro azul de aspecto igualmente feroz pero que también era muy bondadoso, y le dijo: “¡Hola, ogro rojo!¿por qué rompes eso?”.  ”¡Ay, ogro azul, había escrito el cartel para que los aldeanos vieran que no soy malvado, pero a pesar de todo, me siguen teniendo miedo y huyen de mí cada vez que me ven”, contestó el rojo. “¿Ah, sí?”, respondió el ogro azul, “pues mira, se me ha ocurrido una idea genial. Ven conmigo al pueblo. Vamos a hacer lo siguiente: yo entraré en el pueblo fingiendo ser muy malo y haré como que voy a atacarles. Entonces, apareces tú para defenderles, me pegas, y me haces huir. En cuanto vean lo bueno que eres dejarán de temerte”. “¿De verdad te tengo que pegar?”, le contestó el rojo. ”Tienes que hacerlo, ya verás cómo después te llevarás bien con la gente del pueblo”, dijo el ogro azul.

Y así lo hicieron. El ogro azul fingió atacar a los aldeanos, y el ogro rojo salió corriendo tras él para atraparle y golpearle. ”¡Ogro malvado, como vuelvas a atacar a esta buena gente, sabrás lo que es bueno!”, gritaba el ogro rojo, golpeando al otro. “¡Lo siento!”, respondía el ogro azul.

Y así continuaba gritando el ogro rojo mientras perseguía y golpeaba al azul. Los aldeanos, al ver que el ogro les defendía, dejaron de tenerle miedo. Y, por primera vez, recibió en su casa a la gente del pueblo. Todos iban a verle sin miedo, él les hacía té y les servía dulces. El ogro estaba muy contento.

Un día, el ogro rojo se acordó de su amigo, el ogro azul, y se dirigio a su casa. Pero al llegar allí, descubrió que la puerta estaba cerrada y en ella había una carta dirigida a él: ”Para el ogro rojo: Ahora que por fin has logrado ser amigo de los aldeanos, si supieran que eres mi amigo, ellos volverían a tenerte miedo, por eso es mejor que me vaya para siempre y que no nos volvamos a ver”. Al leerla, el ogro rojo se puso a llorar desconsoladamente y entendió que, en algunas ocasiones, ganar amigos nos puede hacer perder otros.

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